| axon_corvus ( @ 2008-01-13 15:23:00 |
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Corazones ausentes
Corazones ausentes
Por AlexandriaJzMc, Axon Corvus y Dablin
Todos los personajes, pertenecen a sus autoras, quienes escriben en Lycanos, La Casta Nocturna y Lunas Prohibidas (
alexandria_jzmc,
sandra22vc ). A ambas autoras, mi eterno agradecimiento, por la paciencia para escribir, corregir y editar en este mundo alterado.
Parejas: Andrea Guiseppe x Antón Salvatore; Axon Corvus x Sebastián Carlomonti.
Advertencias: Lemmon, NC+15.
Resumen: Esta historia se encuentra ubicada en la segunda Navidad de Emil De Cavarcos, iniciado su entrenamiento Tremere y la primera de Andrea Guiseppe con el Clan Gucci.
~~oooOOOooo~~
La tarde estaba fría, y la densa neblina daba un aspecto lúgubre a aquella parte de la ciudad en el pequeño aeropuerto particular reservado por los Tremeres.
Era veinticuatro de diciembre y a escasas horas de la Nochebuena, Carlomonti había logrado la concesión del Sire Mediash para viajar a su Aquelarre en Roma, una vez concretado los asuntos que los habían llevado hasta Bretaña y los tenían varados allí. Le indicaron que su jet estaba demorado por el clima y el abastecido de combustible, por lo que tardarían un poco más de una hora para salir de la isla. Al bajar de su limusina, rumbo a la confortable sala de espera, tomó su celular; marcando a un número conocido, al mismo tiempo que le indicaba a su Guardián Salvatore, para que acompañara al resto de los Licántropos de la Jauría, y se encargaran tanto de verificar la seguridad de la nave, como de las maletas.
—¿Dónde estás, amore? –preguntó el romano, en cuanto se encontró dentro de una de las salas privadas, mirando hacia la pista por el ventanal plomado imaginando que tenía a su amor a su lado.
— Acabo de llegar a Londres –respondió la voz de Axon Corvus, cerrando la puerta de su despacho, para evitar que la algarabía de los chicos en el salón se colara al estudio, mientras desbarataban los primeros paquetes de regalos. –No he ni desecho la maleta...
—Hummm…vaya, pensé que alcanzaría a verte…antes de irme.
—¡¿Cómo que irte?! ¿No ibas a quedarte hasta enero? Fue lo que dijiste. Le exigí a Krone pasar las fiestas en mi casa… para así tener una oportunidad de verte. –susurró el Mago, sintiéndose miserable y desdichado de pronto. Era su primera salida en meses, para poder ver a sus hijos en Navidad y que su esposa Saffron no se los llevara a Paris a pasar las fiestas con sus padres. Axon quería ver a sus hijos, saber como se encontraban de viva voz y sobre todo, darse una escapada, para ver a Sebastián, el cual se había estacionado en Inglaterra por asuntos de los Tremeres y el Mago tenia semanas sin verlo. Recién llegaba a Londres y ahora resultaba que Sebastián se iba.
—Francamente también pensé que estaría hasta enero. Hasta hoy el Sire me autorizó viajar. Salgo en una hora a Roma.
—¿Roma? –la voz de Axon se ahogó, mientras se sentaba en el sillón, frente a su escritorio. -¿Entonces no podré verte?
—Lo harás cuando vuelva a la Toscana…en enero. –dijo Sebastián también con la voz en vilo.
—¿No puedes quedarte unos días? ¿Por qué la urgencia en irte? Krone ya te autorizó estos días libres…
—Emil me espera. Siempre paso Navidad con él…
—Si…Emil. –dijo secamente Axon, sabiendo que cuando se trataba de ese vampirito, Sebastián saldría corriendo a buscarle. Era natural, era su hijo. Adoptivo quizás, pero un hijo que le exigía atención y mimos constantemente. Competir con eso, era difícil para Axon.
—No le he visto en semanas y Emil está algo…
—…sensible, si. Lo comprendo. Todos los chicos, pasan por esa etapa –acotó Axon de forma erudita, como padre que también ha pasado por lo mismo.
—Te extraño Axon, mucho –casi ronroneó Sebastián ante el móvil, mientras se sentaba a esperar.
—¿Crees que yo no? –levantó la voz Axon, sintiéndose molesto por aquello. No era con Sebastián, ni contra Krone su malestar, era simplemente contra las circunstancias. –No te he visto en semanas, solo he escuchado tu voz por este maldito aparato y francamente…
—¿Qué? –cerró los ojos Sebastián, tomando a pecho cada una de las palabras de Axon, sabiendo que tenia toda la razón, porque igualmente se sentía frustrado, por estar divido entre sus obligaciones, deseos y responsabilidades. Axon soportaba estoicamente, tanto la separación, como mentir continuamente sobre su relación, ante sus amigos, y en particular ante Krone, quien desde el principio les había prohibido congeniar de manera intima, por considerar que aquella relación no funcionaria y solo dejaría a Axon lastimado. Pero el Mago inglés lo desafiaba una y otra vez, viéndose a hurtadilla con Sebastián y convirtiéndose casi en amantes. Pero un día, el Mago podía hartarse…-¿Francamente qué, Axon…? –volvió a repetir la pregunta Sebastián, ante el silencio que se escuchaba detrás de la línea.
—…te extraño romano. Tus manos, tu boca...en mí. ¡¿Cómo te digo, que contaba las horas para verte?!
-Yo siento lo mismo, Axon. No estoy alejado de ti, por gusto. Lo sabes.
—¡Si, tus obligaciones Tremere! Lo sé –la voz sonaba apagada al final. –Muy a mi pesar también son las mías.
—-Ven a despedirme, salgo antes de una hora.
—¿Ahora? –caviló en voz alta Axon, mirando el reloj, y pensando en sus hijos en el sala jugando y en su mujer en la cocina. Tenía menos de una gloriosa hora para verlo, estar a su lado, mirarlo aunque sea..., si se daba prisa y era lo suficientemente sigiloso, quizás su familia ni notarían su ausencia.
—¿Algo te detiene? –le hostigó Sebastián. —¿O tienes que pedirle permiso a tu mujer para verme?
—¿Celoso?…¿Desde cuando? –buscaba Axon su varita, maniobrando con su capa y el teléfono pegado a su cuello.
—Siempre lo he estado de tus antiguos amores…
Aquello fue más que suficiente para Axon. Que el orgulloso y frió Tremere, se atreviera a confesarle una debilidad, era una muestra del interés que le profesaba.
—¿Estás en el aeropuerto de las afueras? –preguntó de nuevo Axon, para ordenar sus ideas.
—El mismo. ¿Sabrás llegar? –picaba el orgullo del inglés, con aquella pregunta.
— Claro que si. El turista aquí, eres tú -. Cerró la llamado el Mago y salió decidido a enfrentar a su mujer que en ese momento ponía una nueva bandeja de galletas en horno y los chicos se habían ido a mostrarle a los vecinos los juguetes nuevos. Intentó excusarse ante su esposa, asegurándole que lo habían llamado por una emergencia médica y que no tardaría más de par de horas, aun cuando Saffron pretendió no darse por aludida a donde iba en realidad su marido. Hace mucho tiempo que había aprendido a no hacer preguntas sobre las actividades clandestinas de su esposo.
Corvus usó un hechizo para materializarse en las inmediaciones del viejo aeropuerto, que a primeras luces, lucía abandonado. Los sellos que los Tremeres tenían puesto en el lugar, desorientaban a cualquiera que no hubiera estado antes ahí. Caminó decidido, hasta encontrarse con un vigilante, que inmediatamente le detuvo. Iba a empezar a dar explicaciones, cuando una voz conocida, le sorprendió. Salvatore salía a recibirle.
—Doctor Corvus…lo esperan. Acompáñeme –la cortesía del Guardián Tremere, le pareció en ese momento bienhechora. A su lado, pasó los sellos y fue conducido a las salas individuales de espera.
—Te lo agradezco –le sonrió el Mago al Guardián, en cuanto le abrió la puerta.
En ese momento, la adrenalina que le impulsaba hacer aquello se disolvió completamente, por el nerviosismo típico de estar en la misma habitación que Sebastián. Condicionado quizás, a siempre mantener sus pensamientos protegidos y sus emociones a raya, Corvus, había aprendido a no mostrar los sentimientos que tenia hacia aquel Vampiro, que le había robado la paz y el alma. Pero ahora, sentía que todo aquello que contenía en su alma afloraba en su piel, desbordándose, mientras sus manos, frías y casi temblorosas cerraban la puerta.
—Axon, llegaste –la voz, modulada, suave y masculina que se deslizaba hacia él, deleitándolo, siempre le hacia temblar en cuanto decía su nombre y verlo ahí, levantándose para recibirle, terminó por quitarle el aire al Mago, que extendió el brazo para tocarle.
—Sebastián…-dijo lentamente Axon, mientras le parecía que se desvanecía entre sus brazos para acurrucarse en su pecho por unos segundos y luego levantar la cara, ofreciendo sus labios, entregando su lengua para juguetear con la otra, en una suave y atrevida caricia, donde buscaba saborear aquella boca amada y redescubrir sus recovecos.
El beso era atrevido, demandante, intenso. Axon dejó aquellos labios amados por unos segundos, para empezar a besar los pómulos de aquella hermosa cara, mientras restregaba sus caderas impaciente.
—También me da mucho gusto verte...–le dijo Sebastián, en cuanto su boca pudo tragar aire y miraba el arrobamiento con el cual Axon le prodigaba esos besos, sin que sus manos se estuvieran quietas, desabrochándole los primeros botones de la camisa y lamiendo también su cuello. –¿Cómo has estado? –el Vampiro sonreía dulcemente, mientras sus manos también hacían lo suyo, con la ropa de Mago. - ¡Ahhhhhh! –gimió Sebastián, a sentir aquella boca ávida, mordisqueando su clavícula.
—Te deseo... –Axon estaba irreconocible. Él que siempre seguía las pautas de la seducción impuesta por el Vampiro, era ahora quien quería llevar la voz cantante, jaloneándole la camisa, sacándola del pantalón, mientras Sebastián, le ayudaba terminando de quitársela, dándole espacio y piel que probar; extasiado de esta nueva faceta de su amante. Cuando bajo la vista, se encontró con la sonrisa picara de Axon, que mordisqueaba su pecho, pasaba su lengua por sus abdominales, hasta llegar a su ombligo, con el que jugueteó un poco más con su lengua y sus labios.
Axón mostró de nuevo aquella ladina sonrisa mientras se arrodillaba definitivamente en el suelo. Sus manos acariciaron con tortuosa lentitud la entrepierna de Sebastián, sin rozar la zona donde su erección comenzaba a despuntar. Lentamente, alternando su boca y sus dedos, comprobó cómo la respiración del Vampiro se aceleraba pausadamente, indicándole que ese era un inicio más que correcto.
Sebastián en cambio, tenía la idea de que podía dejarse de preámbulos e ir directamente hacia su miembro endurecido que ya pulsaba entre sus piernas. Pero disfrutaba aquella tortura, mientras enredaba sus manos en los cabellos de la nuca de Axon y empujó suavemente su rostro hacia sus caderas, presionándolo contra ellas sin permitirle pronunciar ni una palabra más. Tal vez necesitaba alguna indicación más precisa.
— Axon…—apenas alcanzó a suplicar
La cremallera entonces fue arrastrada por los dientes de Axon, hasta llegar a suave vello púbico en el que se deleitó. Sebastián lo miraba embelesado, hacia mucho que no recibía ese tipo de atenciones, sumado al hecho que era en un aeropuerto, en vísperas de navidad, por su amante siempre tan contenido y circunspecto, se sentía bullir y casi enloquecer de pasión, de haber tenido más tiempo las cosas habrían llegado mucho más allá.
El Mago acarició cuanto quiso los delicados vellos que acunaban el miembro palpitante y demandante de su amado Vampiro, en ese momento no había ningún pensamiento navideño en la mente del Mago, todo era lascivia, pasión, deseo y lujuria. La sangre inglesa de templada acción había rescindido y se había transformado en un líquido espeso que burbujeaba por apresar a Sebastián Carlomonti entre el paladar y la lengua y darle largos segundos de placer.
Aquella furia que ardía en la boca de Axon, la apagó, centrándose en aquel palpitante miembro que deseaba reclamar inmediatamente como suyo. Acariciándolo, lamiéndolo y finalmente tomándolo en sus labios con determinación. Y nada como la boca, para llevar a cabo tal acción de tan delicada proeza.
Una sinfonía de gemidos, jadeos y susurros del Señor de la Noche y la forma en la que se sostuvo contra la pared, cuando retrocedió en un leve estallido, cuando fueron acariciadas sus testículos por la húmeda lengua del Mago, mostrando lo que mucho que le gustaba estar a su lado. Con su mano, el Vampiro iba marcando la pauta, para que su amante se embutiera libremente su miembro y hacerle gozar ya sin ningún pudor.
Carlomonti, el arrogante y frío Vampiro italiano, se deleitaba a morir con la exultante felación, que su hasta ahora, tierno y reservado Axon le prodigaba sin remilgos, tragándose su miembro ardiente hasta las amígdalas y de haber podido, aún más allá, porque carne había y mucha.
Axon Corvus, con sus manos sudorosas y anhelantes estrujaba las nalgas de aquel Vampiro a quien la sangre le hervía a borbotones haciéndole casi gritar descontroladamente rogando por más y más. El sanador descubrió con orgullo que podía llevar al límite a ese ser que simulaba ser frío cuando en realidad era un volcán en erupción.
La caricia se volvió violenta sin dejar la ternura y la calidez hasta que dentro de su boca, el Mago sintió como el Vampiro se liberó primero violenta y después pausadamente, mientras se iba recuperando con los ojos cerrados.
Repentinamente y presa del furor de su éxtasis, Sebastián tomó a Axon por los hombros y lo levantó de un envite. Sus ojos estaban refulgentes y no derogó concesiones, cuando le despejó el cuello al Mago y allí envió sus afilados colmillos, apretándolos contra la piel, y con un mordisco la perforó, alcanzando el tibio torrente que palpitaba contra sus labios.
Axon se estremeció entre sus brazos, intentando empujarlo, golpeteando su espalda, a la cual terminó aferrándose, tironeando de la chaqueta con la que era cubierta la armadura, sintiendo su sangre ser absorbida en largos tragos, que enervaban en compensación su propio cuerpo. Jadeó, boqueando aire y se le nubló la mente, subsistiendo solo la terrible excitación que se le escurrió por cada parte intrínseca de su cuerpo, hasta que Sebastián soltó su cuello, cambiándolo por su boca, en donde le atrapó en un beso humedecido y con un sabor dulce, el de su propia sangre.
Aquello le pareció a Corvus excitante y se dejó llevar ansioso por aquella muestra de posesión de Sebastián, que le llevaba a unas butacas donde lo recostó con premura, sin dejar de prodigarle caricias, culminando el arrebato, al besarle las marcas que en el pálido cuello dejaron sus colmillos, cerrando las heridas al pasarla por ellos en largos lengüetazos, todavía trémulo y deseoso de retribuirle la atención, procedió a llenar el resto de su anatomía con besos húmedos y prosaicos.
Fue el timbre del celular de Sebastián, lo que lo hizo detenerse y dejar de prodigar besos al abdomen de Axon.
—–¿No-no lo vas a responder? –preguntó intrigado el Mago.
Sebastián se detuvo, mirándole y volviendo a besar sus labios, intentando no responder al teléfono, hasta que nuevos timbres que no le dejaron concentrarse terminó por tomarlo.
Por la forma en que cerró los ojos Sebastián, el Mago supo que el tiempo se había terminado y empezó a acomodarse la camisa, pasando sus mano por la sección de su cuello que acababa de ser inferida.
—El avión debe despegar antes de que el clima lo impida –le dijo Sebastián, con molestia.
—Lo entiendo –Axon se levantó y empezó abrocharse el pantalón, mientras miraba la desazón en la cara del Vampiro. -¡Ven conmigo a Roma! –le insinuó Sebastián, luego de apartar sus largo cabellos y tomó la mano del Mago.
—No. No puedo. No puedo hacerle eso a mis hijos…yo –la voz de Axon se atragantó. –Tengo meses fuera…Y me hacen falta…
—Lo entiendo. No tienes por que disculparte. –El Vampiro le dio un suave beso en los labios. Lo entendía bien, él iba precisamente a Roma a ver a su hijo.
—Pero no creas que con esto me bastó —Le reprendió con una cálida sonrisa el Mago cuando su ojos volvieron a verse y el Vampiro le acariciaba el cabello con ternura –tendrás que recompensarme plenamente cuando volvamos a vernos.
—¿Irás a Roma un día? ¿Conmigo… a conocer a Emil?
—Si, ten por seguro que lo haré. Ya me he escapado una vez, podré hacerlo en otra ocasión –le sonrió Axon, terminando de vestirse. Sebastián lo imitó con pesar, para luego pasarle su capa, que había quedado en el suelo.
—Ha sido un hermoso regalo de Navidad, Axon –murmuró el Vampiro, mientras mordisqueaba una de sus lóbulos.
—Me alegra que te gustara. Ahora ya tengo algo más de ti, mi imperturbable Tremere. –y se señaló el cuello, sin ninguna vergüenza.
Se despidieron unos minutos después con un nuevo beso y hasta que el avión tomó altura, Axon Corvus dejó el aeropuerto privado de los Tremere y se Desapareció en la neblina.
~~oooOOOooo~~
Hamburgo, Frankfurt, Zurich y las otras ciudades que se fueron iluminando por la ventanilla del avión, no lograban alegrar para nada, la sutil melancolía que a duras penas, Antón Salvatore disimulaba.
La Comitiva Carlomonti viajaba a Roma, no a la Toscana. Era lo que le había dicho, su señor; causándole un pinchazo de tristeza y frustración difícil de ignorar. En otra circunstancia, Antón no se hubiera inmutado. Siempre pasaban las navidades en el Aquelarre, desde que tenía uso de memoria.
La Navidad, además de ser una época, que significaba para muchos humanos, celebración, festejos y jubilo, para el Licántropo tenia la peculiar característica de ser el aniversario de su nacimiento y en éste en particular, conmemoraba el cumplimiento de una centuria, dejando atrás su etapa de cachorro y volviéndolo un Lobezno.
Lo más lógico, era que lo festejara, como era costumbre en el Aquelarre, donde el señor Sebastián, se encargaba de organizar el agasajo y que todos los integrantes de la casa participaban. Lo ideal es que podía pasarlo en compañía de su madre Camila y su hermana Gina, sus familiares más cercanos, a quienes tenía en muy alta estima.
Sin embargo en esta navidad en particular, deseaba con todo su corazón estar en la Toscana, en la Villa de los Gucci, en especial, junto a su cachorrito, el joven Andrea Guiseppe. Iba a ser su primera navidad juntos, celebrarían su cumpleaños, y si fuera posible, dormiría en sus brazos, una vez que le hubiera hecho el amor, hasta saciarlo, ahora que ya tenia la autorización del Alfa Gucci para cortejarlo.
En cambio, estaban volando rumbo a Roma, para llegar a tiempo a la Nochebuena y organizar un improvisado festejo. Ni rastros, de lo que fuera el año anterior, cuando con días de anticipación, el signore había organizado, los eventos, y el joven Emil, participado entusiasmado, en cada uno de sus detalles.
—Quita esa cara, llegaremos con tiempo –le sorprendió la voz de Sebastián, que enfrente de él, fumaba tranquilamente, un largo tabaco oscuro.
—Si, volamos a buena velocidad... –respondió tácticamente el Guardián, conocedor de aquella ruta.
—No será un festejo tan elaborado como la anterior, pero no pasara desapercibo. No olvido tampoco que te volverás un Lobezno. Tu familia estará encantada de celebrar contigo tu Mayoría de edad…
—¿Volveremos al Toscana antes de fin de año? –se atrevió a preguntar el Guardián y luego bajo la vista, sabiendo que era fuera de lugar su interés.
—Ahhh, ya veo… Eso es lo que tienes –apagó el cigarrillo el Vampiro. –estás nostálgico. Es común de estas fechas.
-Signore…
-Lo entiendo Antón. Pero intenta poner buena cara ante tu familia y la Manada, por que volveremos hasta enero a la Toscana.
Salvatore asintió, entendiendo que estaba fuera de su alcance estar esa noche junto a Andrea y no podía ir contra lo planeado por su señor. Llamaría más tarde a la Villa y tendría que decirle al cachorrito que no pasarían navidad juntos.
Sebastián iba agregar algo más, cuando el repiqueteo del celular hizo que lo contestara.
—Vasco, estamos volando. No tardaremos en aterrizar.
—¡Recordaste que era Nochebuena!
—Deja el sarcasmo para otra noche. ¿Hiciste los arreglos que te indiqué?
—La mayoría, si. Pero ni eso ha emocionado a Emil…
—¿Le dijiste que llegaría?
—Lo intenté, pero subió escaleras arriba tan rápido que dudo que me escuchara.
—Que todos los preparativos sean para mañana, en la noche.
—Tu ordenas, nosotros obedecemos –respondió el Mago vasco, aunque por el tono, Sebastián sabia que se burlaba.
El resto del viaje, Sebastián la pasó en meditando, preocupado por las noticias de Etienne al teléfono, sobre lo mal que la estaba pasando Emil.
El Aquelarre lucia en silencio. Ese año si que era diferente al anterior, la navidad pasada, Emil había sorprendido a Sebastián y a Etienne con maravillosos relojes de bolsillo de oro, que entornaban la melodía Barcarola. A su vez, Sebastián le había obsequiado un Ferrari a su hijo, un mimo más para su Vampirito adorado. Dante y Etienne habían empezado su romance y los cachorros habían recibido presentes comprados por Emil con especial atención.
Este año, en cambio, las cosas estaban opacas. Emil añoraba y sufría por un amor imposible, en medio del severo entrenamiento Tremere, así que los mimos se habían reducido al mínimo. El mismo se encontraba colmado de las obligaciones que su Sire le había impuesto y era muy poco el tiempo que podía pasar en su hogar, junto a los que amaba.
El Aquelarre lucia triste, no había regalos para los cachorros, ni se había preparado con esmero una cena para todos los habitantes. Sebastián pensaba en cómo podía solucionar todo rápidamente y alegrar a su hijo, que según Etienne se había ocultado en algún lugar del Aquelarre y no quería aparecer si él no llegaba.
El Mago vasco le daba su espacio, lo entendía, lo contenía pero no era mucho lo que podía hacer cuando él mismo resentía la ausencia del Vampiro romano. Se lo había explicado en su peculiar estilo irónico.
—“¿Tendremos que disfrazarnos de Sire para que nos prestes atención, o ya te conseguiste una nueva familia a la que torturar con tu magnética presencia? Porque por estos lados, aún tenemos algunas de tus cosas, si quieres te las envió a tu nueva covacha”—
Sebastián sonrió mientras corría escaleras arriba a toda velocidad. Etienne le salió al paso y le extendió la mano.
—Que bueno verte romano… Emil te necesita—
—Buenas, Vasco. ¿Dónde está mi hijo?—
—En alguna de las dieciocho hectáreas que forman esta prisión… Buena suerte en la búsqueda, tengo un cachorro que abrazar—
Sebastián le hizo una mueca y le palmeó la espalda. Ese día era especial para su amigo y no pretendía entretenerlo de más.
Entró velozmente a su habitación con la intención de asearse antes de buscar a Emil y grande fue su sorpresa al encontrarlo dormido, acurrucado entre sus frazadas, abrazando una de sus almohadas.
El jovencito tenía el cabello desordenado, delgados hilos de lágrimas rodando por sus mejillas y la apariencia de una avecilla herida.
Sebastián le acarició los cabellos con etérea ternura. Sólo a Emil le demostraba ese aspecto de su personalidad, sólo con él era un padre amoroso, preocupado y tierno. Para el resto del universo, era Carlomonti el arrogante Vampiro romano.
—Bambino, Emil… despierta pequeño— Le dijo con sutileza mientras apartaba los mechones rubios que enredados ocultaban la cara del vampirito.
Se arrodilló a su lado y le acarició la mejilla, estaba varios grados bajo la temperatura adecuada, delatando que el chico no se había alimentado bien últimamente.
—Emil, vamos perezoso, despierta—
El jovencito parpadeó varias veces y se le colgó del cuello cuando logró despertar del todo.
—¡Viniste, viniste…!— Repetía en un sollozo, apretándolo como si quisiera retenerlo a su lado por siempre..
Sebastián le contuvo en su pecho, para él también eran tiempos difíciles, Emil crecía demasiado rápido, se convertía en un adulto y él sentía que se perdía partes importantes de ese cambio fundamental.
—Ya estoy aquí, deja de llorar y vamos… ¿me haría el honor de cenar conmigo?—
Emil sonrió y sus ojitos verdes brillaron como dos esmeraldas en noche de luna llena. Se incorporó mientras Sebastián lo observaba, había crecido algunos centímetros y se notaba el efecto del ejercicio en su cuerpo, su vampirito corría rápidamente a convertirse en vampiro.
Carlomonti ordenó que les llevaran la cena a su recamara. —Me daré un baño, no te duermas… ¿hace cuanto que no te alimentas bien?— Fue la pregunta del mayor a lo que el menor se encogió de hombros.
Un rato después Sebastián y Emil se sentaron a la mesa, el jovencito estaba silencioso pero no había tristeza en su mirada.
—Mañana tendremos la cena para todo el Aquelarre, ¿Te parece una buena idea?—Preguntó con cadencia el signore romano a su hijo.
—¿Cuando se irá maestro Carlomonti?— Fue la contra pregunta de su hijo.
—Emil, vengo llegando, disfrutemos estos días sin los apremios que me impone mi Sire—
—No es justo… antes estabas siempre conmigo, aquí enseñándome… Ahora estás en otro lado y ni siquiera me llevas— Reclamó bajito jugueteando con la servilleta.
—No puedo llevarte, ya lo hablamos, es por tu seguridad; cambiemos de tema—
—Está bien… cambiemos de tema—
Para Sebastián Carlomonti era difícil estar separado de sus dos amores, su hijo Emil y su amante Axon Corvus. Sentía que la vida se le había complicado demasiado y si bien disfrutaba su estadía en la Toscana gozando de la compañía del doctor inglés, también resentía alejarse de su familia, de Emil, Etienne y su Aquelarre.
—Vamos, anímate ¿Acaso no te alegra que cenemos juntos?— Cambio de tema el mayor.
—¡Por supuesto que me alegra!... Pero es que te extraño demasiado— La voz de Emil se fue apagando, no miraba a su padre y seguía jugando con la servilleta.
Carlomonti hizo un elegante y mínimo movimiento con la mano y la servilleta se ató a las manos de Emil inmovilizándole los dedos. El jovencito levantó la vista y un atisbo de sonrisa se dibujó en su rostro al ver a su padre lanzar sendas carcajadas.
—¿Qué te pasa?... ¿Acaso ya no confías en mi?—
—No es eso— Emil hizo un mohín con la boca y le enseñó los dedos —Suéltame, no es gracioso—
—Si lo es. Te libero sólo si me dices qué te pasa— Sebastián arqueó una ceja y bebió pequeños sorbos de su copa.
—Quería salir contigo a cazar… No beber en copas y servilletas de lino, como lo hacíamos antes. Creí que por ser navidad me darías en el gusto—
—Mmmmm ¿Acaso percibo un resabio de sangre Gangrel bullendo por ahí?— Carlomonti dejó su copa y chasqueó los dedos de la mano izquierda. La servilleta se apretó más en los dedos de Emil y otra hizo lo mismo en su otra mano.
—¡Hey! Te dije lo que quería, estás haciendo trampa—
—¿Yo?... ¿trampa?— Preguntó con aire juguetón el signore romano —No te conviene acusarme de algo así, estando inmovilizado— Se carcajeó nuevamente.
—Papá, libérame, por favor… Esto no es gracioso, al menos no para mi—
Carlomonti volvió a sonreír y dejó su copa en la mesa, arqueó las cejas y la punta del mantel se enrolló por el brazo de Emil.
—¡Ya basta!—El jovencito no podía contener una sonrisa muy a su pesar. —Pareces un niño, déjame… Yo sólo quiero ir a cazar contigo, como antes—
Carlomonti seguía sonriendo y chasqueando los dedos, las servilletas y el mantel bailaban frente a Emil amenazando envolverlo.
—Si no te gusta libérate, tú mismo ¿Serás capaz?—
Antes de que terminara la pregunta Emil se había vuelto bruma y todo cayó al suelo, él apareció atrás de Carlomonti y le despeinó los cabellos.
—El tramposo eres tú… ¡Hey!, no mi cabello… Emil no hagas…—
El jovencito volvió a ser bruma y Carlomonti sólo oyó su voz desafiante y teñida de algo parecido a una sonrisa.
—¿Acaso el gran Signore Carlomonti no puede encontrar al tramposo de su hijo?—
El vampiro mayor se levantó con un gesto muy rápido y elegante, se ordenó el cabello echándolo hacia atrás con arrogancia y pronunció un conjuro en un idioma muy antiguo.
Frente a él cayó sentado en una indigna postura, su hijo. —No trates de hacer trampa conmigo, se más trucos que tú.
—¡Auch!— Reclamó el vampirito mientras se sobaba las posaderas y aceptaba la mano de su padre para levantarse.
Carlomonti le mantuvo la mano prisionera —No te has alimentado bien, ¿Cuántas horas llevas sin beber sangre?— Su voz estaba teñida de preocupación.
—No lo sé, lo último que comí fue un chocolate que Camila me dio—
—Emil… ¿Hasta cuando vas a seguir comiendo esas cosas de humanos?—
—Estaba relleno de sangre, ella los hace para mí— Reclamó yendo a la mesa para beber una copa de sangre.
Sebastián se la quitó antes de que bebiera. —Vamos por sangre fresca… Estoy seguro que algo encontraremos en el bosque del Aquelarre—
La cuasi sonrisa que iluminó a Emil, fue mejor que una aclamación de aprobación.
Antón se presentó con su familia, en cuanto fue liberado del servicio de esa noche, después de revisar los pormenores de la Manada y que Dante Ferromonti, el beta que le seguía en la Manada, se despidiera de él casi corriendo, después de darles el último informe. El Alfa, no tuvo más inconveniente que ir a su casa. Una de las varias viviendas, donde los Licántropos de la Manada vivían.
Su madre y su hermana le recibieron festivas. El olor a una suculenta cena se olía en la casa y compartió con ellas el placer de la buena mesa. Había sido provisor, y los regalos de ambas se encontraban en su cuarto, pero no por ello dejo de resultarle una emoción el verlas recibirlos y desempaquetarlos.
Al llegar al postre, un sonido en su móvil, le hizo levantarse, disculparse con su familia e ir a su recámara, donde cerró la puerta para tener privacidad.
—¡Andrea! – respondió de inmediato.
—¿Dónde estás, Antón? Es casi navidad. ¡Ya hemos cenado!
—Lo siento –el Alfa se sentó en su cama, apretando el celular en su mano.
Explicarle a Andrea que no podía viajar a la Toscana, por que su señor se encontraba en Roma, le resultó difícil de explicar en términos simples. Andrea no entendía, como no podía tener vacaciones en esas fechas e irle a ver.
—¿Cuándo te veré? –preguntó el chico después de varios minutos, desilusionado y triste.
—Mi señor estará en enero en….
—Ahhh. Bueno…. Que la sigas pasando bien. Vuelve cuando puedas –Andrea cortó la llamada, molestó de que siempre fueran las visitas condicionadas a la presencia del Vampiro.
Antón tardó unos segundos en entender la actitud de Andrea, perplejo mientras dejaba el celular en la mesa. Era un humano, aún con el residuo de su vida de pasada y que poco sabia de la carga y responsabilidades de ser un Tremere. Era muy joven también. Eran normales sus arrebatos.
Pero aunque pudiera explicarlo, Antón no dejaba de sentirse desilusionado. Era su cumpleaños, era navidad y no tenia a su lado, al joven que ansiaba. Dejó caer su cuerpo en la cama, mirando el techo de su cuarto, ansiando que fuera enero y viajaran pronto a la Toscana.
Al día siguiente, Sebastián habló con Axon Corvus en cuanto la mañana de navidad llegó. Había compartido con Emil hasta el amanecer y cuando su hijo se durmió lo llevó a su habitación y lo acostó, igual que cuando era un niño y se dormía en sus brazos. Tal vez eso nunca más pudiera hacerlo y lo disfrutó sabiendo que se despedía de una parte importante de su vida.
—¿Axon?— Preguntó ansioso, cuando la llamada fue contestada.
—Sebastián… Feliz navidad, amor— Le contestó el sanador inglés en cuanto cerró la puerta de la cocina donde leía el diario y bebía su café matinal.
—Feliz navidad, amore… Te extraño, demasiado— Ronroneó el vampiro casi lamiendo el teléfono.
—Lo sé, yo también. Pronto en la Toscana te daré algo muy especial que encontré bajo el árbol de navidad—
—Oh… pues ha de ser algo tan interesante como lo que encontré bajo mi árbol, con tu bello nombre escrito, Axon Corvus—
Axon sintió un estremecimiento, cada vez que el vampiro decía su nombre, miles de gotitas de placer se deslizaban por su espalda excitándolo inmisericordes.
—¿Todo bien en tu casa? –preguntó de pronto Sebastián.
—Si, los chicos y yo la estamos pasando bien…
—¿Y aún conservan esa tradición inglesa los esposos, de usar camas separadas?
—Noto cierta suspicacia en tu voz –se deleitó Axon, al saber que Sebastián, estaba mostrando una faceta de posesión y celos con él.
—¿Es un si? ¿Sigues durmiendo en la cama con tu mujer? –insistió Sebastián.
—No, de hecho ni el mismo cuarto. Estoy usando la habitación de huéspedes. Arrojó mi maleta al pasillo… ¡no te rías! No fue gracioso.
—A mi me lo parece. Mientras no le pongas ni una mano encima.. menos ahora que he saboreado tu sangre. Eres mió, Axon…
—Hablaremos después sobre esa mordida, en particular. –le acotó Axon. –Hasta la Toscana, signore— prefirió despedirse antes de entrar en arrumacos.
—Hasta la Toscana, amore— Cortó la llamada el vampiro y se metió a su cama, soñando con el cuerpo tibio y anhelante de Corvus.
Esa noche hubo cena y regalos, se disfrutaron los fuegos de artificio hechos por Etienne Yndurain. Se hizo el brindis por Antón Salvatore y su mayoría de edad; luego siguieron las risas y los abrazos. Aún con todo eso, Emil tenía una sombra de pena en sus ojitos verdes, que al lado de la cara de pesadumbre y pocos amigos de Antón Salvatore, formaba la dupla perfecta para desanimar a cualquiera.
Sin saberlo ninguno de los dos, ambos padecían del mismo mal, “novios ausentes”. Carlomonti no quiso unirse a la dupla aunque sufría del mismo mal, y si alguien miraba con detenimiento a Silvina Mazo, era la cuarta integrante del grupo de los arrumbados por amor.
Pasada la medianoche y ya cuando los cachorros comenzaban a dar bostezos enormes, Dante y Etienne se desaparecieron misteriosamente, Sebastián Carlomonti rodó los ojos, esa noche tampoco habría una partida de ajedrez con su amigo del alma.
Emil se le acercó algo incómodo y evitando mirarlo a los ojos.
—Feliz navidad, Emil. Tengo algo para ti, vamos a buscarlo—
—Yo también… Maestro Carlomonti, me preguntaba si tal vez…—
—¿Tal vez…? No estoy de humor para ir a cazar nuevamente, esta noche no— Acotó el mayor con una mueca tranquilizadora.
—No, no era eso… Yo me preguntaba si tal vez, usted… quisiera ir conmigo a recorrer la ciudad en mi auto, un paseo de una hora, nada más; para salir un poco de aquí, y conversar como antes— La voz se le fue apagando al vampirito, esperando una negativa.
—Me parece bien, pero me temo que tu guardián anda ocupado en otras cosas—
—Pero podríamos ir solos, sin guardianes—
—No, eso si que no… Vamos con Antón y alguno de los betas—
La salida fue sencilla, dieron un paseo por las colinas de Roma y se detuvieron en la Plaza Navona a caminar un rato, a esa hora ya no había tanta gente y no corrían mayor peligro, menos cuando Carlomonti, murmuró un hechizo para pasar desapercibidos. La conversación fue más que nada recuerdos de cuando Emil era pequeño, anécdotas de Sebastián en su período de Aprendiz y algunos chismes del Aquelarre.
Volvieron un par de horas antes del amanecer, con un Emil casi sonriente y un Carlomonti dichoso de tener a su hijo sólo para él algunas horas al menos.
No sabía cuando volverían a tener tiempo para charlar, sentía que las horas se le escurrían como el agua entre los dedos, sin poder contenerlas.
~~oooOOOooo~~
Los siguientes tres días, fueron más tranquilos, las aguas volvieron a su cauce y los habitantes del Aquelarre se encontraban de vuelta en actividades que poco a poco los integraban la rutinaria.
El mismo Antón, se había encontraba inmerso en la supervisión de la Manada, y en recordarles a esos lobos, el por qué era considerado el Alfa. Tenía demasiadas horas libres ya que su señor no saldría de Roma en que lo restaba del año y gran parte de los Licántropos de la manada, estaban de asueto, disfrutando con sus familias. Él, en cambio, buscaba algo en que estar ocupado. Entre más lo estuviera, menos motivos tendría para sentirse nostálgico, extrañando dolorosamente, a su cachorro de ojos color cielo. Estaba concentrado en una lista de materiales que iba mandar solicitar, cuando su celular vibró en la mesa, prestándole atención.
Con solo ver el número, su mano tembló y su corazón se aceleró deliciosamente.
–¿Andrea?
–Hola. No me has llamado –parecía que el joven se quejaba, aunque su voz sonaba distinta de la noche anterior. Se escuchaba hasta alegre.
–Recuerdo que fuiste tú, quien cerró la llamada. Además pensé que tendrías cosas que hacer estos días y... no quería molestarte.—Se disculpó el Alfa, trémulo.
–Si, hemos estado ocupados, de compras. ¿Sabes dónde estoy?
–No. Dímelo.
–¡En Roma! Llegamos hoy. Nos instalamos en un hotel...
–¡¿En Roma? ¿Con quién?! –se levantó Antón, impaciente.
–Con Dominic. Luciano le ha traído de compras y me he colado con ellos. ¿Puedo verte? –sonaba la voz de Andrea como un ruego.
–Dame el nombre del hotel. Iré a verte en este momento.
Salvatore, buscó a Dante Ferramonti, el beta que le seguía en la Manada , y que en ese momento iba en busca de Emil. Le detuvo en el pasillo y sin más preámbulos, le indicó que iba a salir, que lo cubriera, por si el signore Sebastián le buscaba. El beta no tuvo tiempo ni de preguntar, cuando Salvatore se daba la vuelta, luego de pedirle las llaves e iba al estacionamiento. Tomó una de las unidades y se enfiló rumbo al centro de la ciudad, cerca del coliseo.
Era un hotel espectacular y la vista desde el balcón era soberbia. Roma era hermosa, llena de vida, colores y sonidos. Ahora al verla, Andrea estaba seguro que le gustaría vivir en esa ciudad.
–¿Estás seguro que quieres quedarte? –la voz de Dominic le hizo girarse.
–Si. Antón vendra a verme.
–Ahhhh, ya me preguntaba yo, cuando ibas hablarle.
–Estaba molesto porque no fue en navidad a verme –dijo el jovencito en un puchero –pero... su trabajo es importante –Recapacitó con orgullo el lobito. –Y si él no puede ir a verme...yo puedo venir a buscarlo –le sonrió a su amigo.
–Así se habla. –le abrazó Dominic y le dejó para irse con Luciano que ya estaba impaciente en la puerta, tocando su reloj, incitándole a marcharse.
En cuanto lo dejaron, Andrea se dio un baño rápido para quitarse el polvo del viaje y también para relajarse un poco. La idea de que vería a Antón en cualquier momento, le hacia temblar de emoción. Tenía semanas de no verle y de sólo saber de él por llamadas esporádicas. Lo extrañaba y no quería que la distancia ni el trabajo de Antón los separara. Lo deseaba, era su primer amor. Y sabía también que ese hermoso Licántropo también estaba enamorado de él.
Habían compartido muchas cosas juntos desde que se conocieran, y aún cuando eran considerados novios, mantenían su relación en reserva, como les solicitara Marcel.
Hasta la fecha, increíblemente Andrea seguía casi virgen, porque el cachorro ya conocía lo que era un orgasmo junto a Antón, aunque sólo fuera con sexo oral. Su primera vez, en un pasillo medio oscurecido, había sido la mejor experiencia que hubiera conocido con otro hombre. Sino se entregó por completo, fue por circunstancias ajenas y la intromisión de los Centuriones.
Lo habían intentando en otra ocasión, después de su segunda transformación, cuando tenía todas las hormonas revueltas y un deseo incontrolable de tener sexo. Antón estaba más que dispuesto a desvirgarlo y ceder a esa tentación. Pero fue Andrea quien en último momento reculó, cuando vio la ostentosa verga que presumía aquel Licántropo de ojos aceitunados. En completo reposo, podría calcularle los 23 cm. y empezar a verla endurecerse, le hizo tensarse demasiado y aunque se encontraba excitado, al joven le fue imposible copular en esa ocasión.
Su novio había sido paciente, y considerado. A la primer negativa de ser follado por semejante ariete, tuvo la paciencia para masturbarlo y darle placer de diferente manera, para después descargarse en su vientre. Lo había disfrutado a su manera, pero estaba seguro que Antón, resintió un poco aquella negativa inicial de su parte.
Ahora Andrea venía preparado, había hablado con Dominic y el joven le había indicado que usara un lubricante, que eso le ayudaría a dilatarse y lograr deslizar semejante pieza en su interior.
Escuchó que tocaban a la puerta y fue casi corriendo abrir. Los guardias puestos en la puerta, dejaron entrar a Salvatore, a quien conocían, para que esperara la llegada del joven Gucci, a quien suponían iba a buscar. En cuanto la puerta se cerró, el joven se abalanzó a sus brazos.
–¡Cachorrito, has venido! -le tomó en vilo el Licántropo mayor, abrazándolo contra su pecho.
–Antón, te extrañé –se levantó de puntitas para alcanzarle los labios, ofreciendo los suyos, los que fueron devorados lentamente, como si fuera un dulce manjar digno de saborearse en calma.
–¿Estás solo? –preguntó Antón, en cuanto separó un poco sus labios, mirando la espaciosa suite donde los Gucci estaban instalados.
–Si. Salieron de compras. Tardaran unas horas –una enorme sonrisa iluminó su carita, mientras le sujetaba del cinto. –¿Te muestro mi cuarto? Tiene una cama enorme.
–Hazlo –el guardián mantuvo su cuerpo pegado al del cachorrito, mientras iba dándole besos en el cuello y las mejillas, haciendo caminar hacia atrás, hasta que la gran cama se interpuso. –Es grande, si.
–¿La cama?
–Tu erección –le dijo Antón restregando su mano en ella, haciendo gemir al chico. –¿Quieres hacerlo? ¿Ser por fin todo mío?
–Hummmm. Te prometí que esta navidad lo haríamos –alcanzó Andrea a responder –Ahora estoy aquí, ¿Quieres tu regalo?.—Preguntó con coquetería mal disimulada el chico de ojos como el cielo.
La respuesta del Alfa Tremere fue un beso a sus labios, los cuales mostraron su impaciencia, en cuanto atrapó su boca, mordisqueándola, mientras iba quitándole la ropa a Andrea con cierta premura. Antón no quería despertar de ese delicioso sueño; por que sentía que lo era, mientras encontraba la suave piel del joven para lamer, en cuanto divisó el pecho, pescando una de sus rosadas tetillas.
Aquello hizo que Andrea se mordiera un labio, al sentir esa boca húmeda, succionar, mordisquear y lamer sus pezones.
La ropa se iba quedando en el suelo, por las manos presurosas. Antón no se despegaba del cuerpo de Andrea, en cuanto tocaron la cama, restregando sus caderas.
–¡Es-espera, espera! –se soltó un poquito Andrea, en cuanto Antón iba lamiendo su vientre y levantando un poco su cadera, donde una de sus manos ya estaba pronta a deslizarse por la hendidura de sus nalgas. Sin prestar atención al quejido del Licántropo mayor, el joven rodó un poco para alcanzar un tubo debajo de la almohada. -¡Úsalo!
Antón tomó aquel tubo de lubricante, mirándolo con suspicacia. Nunca antes había usado semejante cosa.
–¿Quién te ha dado esto?
–Lo compre. Dominic lo usa…dice que es bueno… -insistía nervioso Andrea.
–No te lastimaría, lo sabes. –acarició su mentón el Alfa.
–Quiero que me folles…ser tuyo. –el joven tomó el tubo, y abriéndolo puso suficiente en su mano, para llevarla al miembro ya endurecido de su pareja. Fue frotando aquella crema oleosa, primero con timidez, generándole una excitación extra al Alfa, al ver la carita del cachorro, entretenida en embadurnarlo.
Antón gimió, le gustaba la forma en que Andrea acariciaba su miembro. Aquello se sentía tan bien y si aquellas caricias previas ayudaban a relajar al joven, mucho mejor. El Alfa nunca había recibido ni dado tantas atenciones a una pareja en la cama. Ahora tenia a su lado a un joven inexperto, pero con un ternura que lo seducía. Quería hacerlo suyo, darle placer, acomodarse en sus entrañas haciéndole conocer el sexo y sobre todo marcarlo.
Hasta ahora, se lo había impedido el grosor de su miembro y la estrechez del joven. Pero decidido a darle gusto a Andrea, tomó aquel tubo también y se pusoo en un par de dedos una generosa porción, mientras recostaba a Andrea lentamente, haciendo que dejara su erección.
-Vamos a probar esto –le dijo llevando sus dedos por detrás de aquellas redondas nalgas, haciéndole dar un respingo –Shhh, lo haré con cuidado.
Andrea intentó relajarse, mientras sentía como un dedo de Antón iba dilatándolo, mientras subía un poco sus caderas y le subía sus piernas a sus hombros. Aquello, empezó a gustarle al lobito al principio. La crema ayudaba a deslizar esa falange y con los suaves movimientos empezó a excitarse más, el siguiente dedo, le causó un nuevo respingo, pero empezó a respirar tranquilizándose, mientras disfrutaba la intromisión y la cara de satisfacción de Antón. El joven también buscaba satisfacerlo, aún cuando su experiencia en el sexo fuera poca, estaba seguro que podría hacer disfrutar aquel licántropo experimentado enredado a sus piernas.
Definitivamente, Andrea parecía disfrutarlo. Aquellos dedos moviéndose lentamente hacia dentro, iban abriéndose paso, mientras la otra mano de Antón, se dedicaba a juguetear con su miembro, dándole más puntos de excitación.
Lo difícil vino después, cuando aquellos dedos fueron sustituidos por el miembro endurecido de Antón, que empezó acomodarse en la entrada de su apretado esfínter. La cara del chico debió decirlo todo, por que de inmediato el Alfa buscaba distenderlo para poder empezar a penetrarlo.
-N-noo –se empezó a resistir el joven a la invasión.
-Calma…relájate, voy entrando…
-aún du-duele… No. –Se quejó de nuevo, mientras que de aquellos ojos azulados, empezaban a humedecerse, siendo incapaz de controlar la avasalladora intromisión. Aquella pica de Antón, era demasiada larga y gruesa, no queriendo ceder tan fácilmente a entrar en su apretado esfínter, si no era de forma violenta.
Antón se detuvo, respirando agitadamente para controlarse y no ceder al deseo de empujar con fuerza y clavarse tan adentro como pudiera. Él entendía perfectamente aquella sensación de ser sometido. Su experiencia inicial en el sexo no había sido del todo tierna, sino más bien intensa y dolorosa. Sabia en carne propia, como el sexo sin amor ni control, podía dejar huellas difíciles de borrar. Tanto que se había prometido no volverse a involucrar y mucho menos dejarse someter por otro macho. Sus posteriores encuentros, habían sido para desfogarse, encuentras de una noche, sin importante si lastimaba o no, a la compañía en turno.
Pero ahora, muchos años después, se había convertido en amante de un joven humano inexperto, al cual quería moldear, mostrarle el placer sexual como lo imaginaba. Como debería ser entre dos amantes, preocupados uno, por el otro. Con Andrea, todo era diferente. Le cortejaba formalmente y quería sexo de calidad con él. Y verlo con la carita transfigurada de dolor, no era su concepto de placer, mientras el joven intentaba quitárselo de encima.
-...no, eso me lastima –Andrea se tapó la cara, sollozando.
Aquello frenó de golpe al Alfa, quien desistió, retirando su miembro lentamente y buscó de nuevo el tubo con crema, para introducir lentamente un par de dedos, y masturbar al mismo tiempo al joven. La cara de Andrea se relajó, al sentir que su esfínter era masajeado con delicadeza.
-Shhhh, calma… ¿te gusta así? –preguntó Antón, al ver que el joven si parecía disfrutar aquel cambio de maniobra. Y lo se deleitaba mucho, levantando luego la cadera para tragarse aquellos dedos, buscando un lugar dentro de sus entrañas, que le urgía se estimulado.
Un par de quejidos, pero ahora más roncos y guturales, por parte de Andrea, mostraba su próxima descarga, la cual fue vertida en la mano del guardia, que estaba dedicado a buscarle el máximo placer. Solo hasta entonces, procuró el suyo, mientras tomaba su propio miembro y empezó a mastúrbalo ahí mismo, embadurnado con el esperma de Andrea en su mano. El joven abrió los ojos, al escuchar los gemidos de Antón, dedicado a darse placer asimismo y vertiéndose en el tibio vientre, que tenia enfrente.
El cuerpo sudado de Andrea tuvo un par de sacudidas más, apretando los dientes y gruñendo del placer que sentía.
La bella carita del cachorro se llenó de pronto de una súbita aflicción, sintiendo que nuevamente le fallaba a su novio al no poder satisfacerlo “normalmente”. Se tapó la cara con el antebrazo, mientras Antón se levantó rápidamente a ir a buscar algo de papel para limpiar el salpicado de semen de ambos.
-No te mueves –le dijo Antón, mientras iba limpiándole el vientre hasta secarlo y luego ir a lavarse y terminar mojándose la cara de agua fría. Tampoco se sentía del todo bien. No podía penetrar Andrea, y aunque disfrutaba esos otros desahogos manuales, definitivamente quería más. Y lo que le preocupaba en demasía, era que el joven terminara por buscarse a otro para que lo desvirgara.
No quería pensar en eso. Ya pasaban demasiado tiempo separados, para que todavía tuviera las angustias de los celos entremedios de ellos.
Volvió al cama, donde el joven ya se había puesto la trusa y estaba sentado en el respaldo de la cama, abrazando la almohada y las piernas. Antón fue hacia él, quitándosela de las manos y jalándole, para abrazarlo en sus brazos.
-¿Qué sucede? ¿Qué tienes?
-¡No sé ni porqué me quieres a tu lado!…-su voz se iba perdiendo en cuanto su boca ahogó un sollozo en aquel cálido pecho. –Soy un llorón... No puedo dejar de quejarme cuando intentas…
-¿Qué dices? Te quiero Andrea –levantó su carita, dándole un beso, mientras lamía sus labios –me gusta estar a tu lado…
-…Pero no te dejo hacerlo dentro. Soy un chiquillo con el que no disfrutas…
-¡No digas eso! No pienso lastimarte… si aún no estás listo, esperare…
-¿Lo dices en serio? –su voz y aquellos ojos cristalinos al punto de llanto, enternecieron más a Antón, que lo besó en la punta de la nariz, para hacerle sonreír.
-Todo lo que sea necesario.
Andrea le ofreció los labios, ansioso y temeroso a la vez. Aquel licántropo decía que lo amaba y que podía esperar a que madurara y se convirtiera en un mejor amante. ¿Pero qué pasaría si el Alfa encontraba a alguien más que si lo recibiera y lo satisficiera como correspondía? Seguro lo dejaría.
Sus pensamientos angustiosos y desoladores, le llegaban a Antón como un torrente de desesperación, la misma que el joven ahora sentía.
-No hay nadie más que tú en mi vida, Andrea. –levantó su carita, para buscarle la vista y que el joven mirara en sus ojos su sinceridad. -¡No pienses que voy a dejarte! Eres mi pareja. Se nos ha concedido este tiempo de noviazgo para conocernos. Y estoy seguro que esto es…temporal. Aprenderemos juntos. Anda, quita esa carita…-le besó las mejillas.
Andrea se sintió en algo reconfortado. Iba a responderle cuando su celular vibró. Cerró los ojos con fastidio, al reconocer que era el timbre de Dominic, y que era la señal de que ya iba en camino. Lo habían acordado, para darle a Andrea tiempo para verse con Antón y que no estuviera ahí, ni Luciano ni Jacob, quienes siempre encontraban la manera de entrometerse. Esa por así decirse, el tiempo de cubrir evidencias.
-Saldremos hoy de vuelta a la Toscana –le dijo Andrea a Salvatore, cuando estaban vistiéndose. –Luciano quiere ir Paris a Milán…
-¿No puedes quedarte? –le tomó Antón de la cintura.
-No. Me lo dejo bien claro Luciano, al traerme. No quiero causarle problemas, ellos son muy amables conmigo…
-No te preocupes, voy a verte pronto. Son sólo unos días, y te divertirás en Milán. Anda, quita esa carita –le dio un beso en la mejilla, diciéndose lo mismo. “Unos días, solo unos días, y te tendré de vuelta”.
Para ambos, la distancia y la ausencia, era difícil de llevar, hasta que se les concediera vivir juntos tendrían que seguir sobre llevándolo.
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Espero que les guste, tanto como a nosotras haberla escrito.